Salud, alimentación, bebés, deporte, relaciones personales, bricolaje o limpieza del hogar. No importa cuál sea el asunto. En las redes sociales siempre aparece alguien dispuesto a explicarte, con absoluta seguridad, que llevas toda la vida haciéndolo mal. Bienvenidos a la industria del consejo fácil, donde no hace falta saber de lo que se habla, pero sí conseguir que millones de personas escuchen.
Todo el mundo tiene algo que enseñarte. Aunque no tenga ni idea.
Abres Instagram y aparece alguien explicándote que llevas toda la vida limpiando mal el cuarto de baño. Deslizas el dedo y descubres que otro individuo asegura que desayunar determinados alimentos es prácticamente un atentado contra tu salud. Un poco más abajo, una persona te explica cómo debes educar a tus hijos, otra cómo mejorar tu matrimonio y una tercera te revela el ejercicio definitivo para conseguir el cuerpo que siempre has deseado.
No importa qué busques. Hay alguien esperando para darte una lección.
Y no una opinión, una sugerencia o una experiencia personal. No. Una lección categórica, formulada con esa seguridad casi sobrenatural que parece caracterizar a tantos personajes de las redes sociales.
«Nunca hagas esto».
«Llevas toda la vida haciéndolo mal».
«Los expertos no quieren que lo sepas».
«Este es el único método que funciona».
«Deja de comprar esto inmediatamente».
Curiosamente, cuanto más compleja es la cuestión, más sencilla parece ser la solución que ofrecen.
Hemos llegado a un punto en el que cualquier imbécil con un teléfono móvil, un aro de luz y suficiente desparpajo puede presentarse ante miles de personas como una autoridad sobre prácticamente cualquier asunto.
Y lo verdaderamente preocupante no es que lo haga. Es que el sistema puede recompensarlo extraordinariamente bien.
La seguridad con la que hablan no guarda relación con lo que saben
Existe una diferencia fundamental entre conocer algo y parecer que se conoce.
Un médico responsable puede explicar que un tratamiento depende del paciente, de sus antecedentes y de determinadas circunstancias. Un entrenador cualificado puede señalar que un ejercicio resulta adecuado para unas personas, pero no para otras. Un profesional de la limpieza puede advertir que un producto funciona en determinadas superficies y puede dañarlas en otras.
El conocimiento exige matices.
Pero los matices no siempre funcionan bien en un vídeo de veinte segundos.
Es mucho más atractivo escuchar a alguien afirmar que existe un producto milagroso, un alimento prohibido, un movimiento definitivo o una solución universal.
El problema es que la contundencia se ha convertido en una forma de aparentar autoridad.
Quien duda parece inseguro. Quien explica las excepciones parece aburrido. Quien reconoce que desconoce una respuesta puede perder la atención del espectador.
Mientras tanto, quien presenta una barbaridad como una verdad indiscutible tiene la posibilidad de conseguir miles de reproducciones, comentarios y seguidores.
No necesariamente porque tenga razón, sino porque ha aprendido a comunicar como si la tuviera.
Y aquí aparece una paradoja inquietante: las personas que más saben suelen ser conscientes de todo lo que desconocen, mientras que algunas de las que menos saben parecen no tener ninguna dificultad para ofrecer respuestas absolutas.
El negocio no consiste en informar, sino en captar tu atención
Instagram no es una universidad, una consulta médica ni un organismo dedicado a comprobar la veracidad de los consejos domésticos.
Es una plataforma comercial cuyo funcionamiento depende, en buena medida, de mantener la atención de los usuarios y generar interacciones.
En enero de 2025, Adam Mosseri, responsable de Instagram, explicó que entre las principales señales de clasificación de contenidos estaban el tiempo de visualización, los «me gusta» y los envíos a otras personas.
Son indicadores de interés e interacción, no certificados de rigor científico.
Eso no significa que Instagram promueva deliberadamente cualquier falsedad ni que carezca de mecanismos de moderación. Significa que una publicación puede funcionar extraordinariamente bien desde el punto de vista de la atención sin que ello demuestre que sus afirmaciones sean correctas.
El creador lo sabe, o termina aprendiéndolo.
Si un vídeo titulado «Cómo limpiar correctamente una encimera» obtiene unas pocas visualizaciones, mientras que otro titulado «Llevas toda la vida destrozando tu cocina y no lo sabes» consigue cientos de miles, el incentivo resulta evidente.
Mañana probablemente habrá otro vídeo parecido.
Después llegará uno sobre los peligros de un alimento corriente, otro sobre los errores que supuestamente cometen todos los padres y otro sobre cinco objetos de tu casa que deberías tirar inmediatamente.
Primero se fabrica una preocupación. Después se ofrece una solución. Y, si es posible, se vende algo.
No es necesario que todos los creadores actúen de mala fe. Basta con que descubran qué tipo de contenido obtiene mejores resultados y adapten su discurso a esa recompensa.
La ciencia frente al espectáculo: algunos datos preocupantes
La cuestión no se limita a una percepción personal sobre la calidad de Instagram.
En octubre de 2026, el centro de investigación estadounidense Pew Research Center publicó un análisis de más de medio millón de publicaciones de 6.334 influencers de salud y bienestar en Instagram, TikTok y YouTube.
Los resultados fueron reveladores:
- El 38 % de las publicaciones promocionaba algún producto o servicio.
- El 9 % hacía referencia a alguna fuente externa al realizar afirmaciones sobre salud.
- El 92 % de los influencers analizados incorporaba promociones al menos ocasionalmente.
Estos porcentajes no permiten afirmar que el resto de los consejos fueran falsos. Sin embargo, sí reflejan hasta qué punto los intereses comerciales están presentes en este ecosistema.
En otro estudio, publicado en 2026 y centrado específicamente en contenidos de salud femenina de Instagram, los investigadores examinaron 472 publicaciones. Encontraron que el 69 % contenía afirmaciones explícitas sobre salud, pero solamente el 7 % hacía referencia a evidencias científicas.
La muestra no representa a todo Instagram, pero resulta ilustrativa del problema.
Hay una enorme diferencia entre demostrar que algo funciona y conseguir que parezca que funciona.
Y las redes sociales han convertido esa segunda habilidad en una actividad económicamente atractiva.
Salud y alimentación: el supermercado del miedo
Uno de los terrenos más fértiles para este fenómeno es la alimentación.
De repente, cualquier producto del supermercado puede convertirse en un enemigo de nuestra salud.
Un día es la leche. Otro, el pan. Después, el gluten. Más tarde, determinados aceites, conservantes o ingredientes cuyo nombre químico resulta poco familiar.
Es suficiente con colocar un envase delante de la cámara, señalar alguno de sus componentes y acompañarlo de una expresión de horror.
La explicación científica puede esperar.
No se distingue entre dosis, frecuencia de consumo, situación individual o evidencia disponible. Lo importante es generar una reacción inmediata.
También proliferan consejos sobre suplementos, dietas, ayunos o productos que prometen resultados espectaculares.
El mecanismo comercial es particularmente interesante: primero se convence al espectador de que tiene un problema que desconocía; después se presenta una solución que casualmente puede adquirirse mediante un enlace, un código promocional o un programa de asesoramiento.
Naturalmente, existen nutricionistas, investigadores y profesionales sanitarios que realizan una magnífica labor divulgativa en estas plataformas.
Pero esa circunstancia no elimina a quienes aprovechan la apariencia de conocimiento para comercializar miedo y soluciones de dudosa eficacia.
Deporte: todos son entrenadores, todos conocen el ejercicio perfecto
Con el ejercicio físico sucede algo parecido.
Cada semana aparece un movimiento revolucionario que promete sustituir a todos los anteriores.
Un supuesto experto anuncia que las sentadillas tradicionales ya no sirven. Otro asegura que correr es perjudicial. Un tercero presenta una rutina de cinco minutos capaz de transformar el cuerpo.
El espectador recibe recomendaciones contradictorias, frecuentemente expresadas con una seguridad aplastante.
Se omite que la capacidad física depende de factores como la edad, el entrenamiento previo, los objetivos personales, la técnica y las posibles limitaciones de cada individuo.
Lo que funciona para una persona no necesariamente funciona para otra.
Pero explicar estas diferencias exige tiempo.
Y el tiempo es precisamente lo que muchos formatos virales intentan reducir al mínimo.
Limpieza y bricolaje: cuando una tontería puede terminar en accidente
En el ámbito doméstico, las consecuencias pueden ir más allá de comprar un producto innecesario.
Instagram y otras redes están llenas de trucos para limpiar cualquier superficie, eliminar manchas imposibles o realizar reparaciones caseras con procedimientos supuestamente infalibles.
Algunos son perfectamente válidos. Otros son ineficaces. Y algunos pueden resultar peligrosos.
Mezclar productos de limpieza sin conocer su composición, por ejemplo, puede generar gases tóxicos. Organismos sanitarios como los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos advierten expresamente contra la mezcla de lejía con otros limpiadores o desinfectantes.
En bricolaje ocurre lo mismo con determinados consejos sobre instalaciones eléctricas, fijaciones, herramientas o trabajos de fontanería.
Una recomendación incompleta puede provocar desperfectos, pérdidas de agua, daños materiales o accidentes.
El problema no está en compartir conocimientos prácticos. Es una actividad útil y perfectamente legítima.
El problema aparece cuando alguien presenta una solución como universal sin conocer los materiales, las condiciones de trabajo o los riesgos que puede implicar.
Una cosa es enseñar a hacer algo. Otra muy diferente es recomendarlo irresponsablemente a miles de desconocidos.
Y el número de seguidores no convierte automáticamente a nadie en electricista, químico, fontanero o técnico especializado.
Bebés y crianza: el territorio donde la irresponsabilidad resulta más preocupante
Pocas situaciones generan tanta incertidumbre como la llegada de un bebé.
Los padres buscan información, orientación y tranquilidad. Es completamente natural.
Y precisamente por eso pueden convertirse en un público especialmente receptivo a quienes prometen respuestas sencillas para problemas complejos.
Cómo debe dormir un recién nacido, qué alimentos ofrecerle, cómo gestionar el llanto, cuándo debe alcanzar determinados hitos de desarrollo o qué productos son imprescindibles.
Siempre existe alguien dispuesto a establecer reglas absolutas.
En 2021, una investigación publicada en JMIR Pediatrics and Parenting analizó 1.563 imágenes de Instagram relacionadas con el sueño de los bebés.
Solo el 7,49 % mostraba situaciones claramente compatibles con las recomendaciones de sueño seguro de la Academia Americana de Pediatría.
Los investigadores advirtieron de que estas representaciones podían contribuir a normalizar prácticas que no se ajustaban a las recomendaciones de seguridad.
Conviene precisar que las fotografías no demostraban necesariamente cómo dormían habitualmente esos bebés. Pero el resultado mostraba un riesgo evidente: las imágenes atractivas no siempre son ejemplos adecuados para imitar.
La habitación perfecta, la cuna decorada y el bebé aparentemente dormido de forma idílica pueden construir una escena preciosa para Instagram.
Sin embargo, una fotografía bonita no es una recomendación pediátrica.
Y la tranquilidad de unos padres no debería depender de las afirmaciones categóricas de alguien cuyo principal mérito es hablar convincentemente ante una cámara.
Parejas y relaciones: terapeutas improvisados en treinta segundos
La moda también ha llegado a las relaciones personales.
Una discusión de pareja se convierte en una señal inequívoca de manipulación. Un comportamiento cotidiano pasa a interpretarse como un síntoma psicológico. Cualquier desacuerdo demuestra supuestamente que una relación es tóxica.
Surgen categorías, etiquetas y diagnósticos improvisados que intentan explicar relaciones humanas complejas mediante tres frases.
«Si tu pareja hace esto, sal de ahí».
«Si te dice aquello, es un narcisista».
«Estas cinco señales demuestran que no te quiere».
Naturalmente, existen relaciones perjudiciales y comportamientos que merecen atención profesional.
Pero convertir cada dificultad cotidiana en un diagnóstico contundente no es necesariamente ayudar.
Las relaciones humanas requieren contexto, comunicación y capacidad para reconocer matices.
Y pocas cosas resultan más difíciles de transmitir en un contenido diseñado para provocar una reacción inmediata.
El verdadero objetivo: convencer a quien todavía no tiene una opinión formada
Hay un aspecto especialmente delicado en todo este fenómeno.
El público que consume estos contenidos no siempre busca entretenimiento. Muchas veces busca respuestas.
Una persona puede estar preocupada por la alimentación de sus hijos, por una avería doméstica, por su salud o por una decisión de compra.
Todavía no sabe qué hacer.
Precisamente por eso consulta información.
Cuando aparece alguien hablando con absoluta convicción, mostrando una vida aparentemente ejemplar, acompañado de miles de seguidores y con un discurso cuidadosamente construido, es fácil interpretar esa seguridad como una garantía de conocimiento.
Los estudios sobre comunicación y desinformación muestran que la percepción de experiencia de quien transmite el mensaje puede influir en su credibilidad.
Además, el Digital News Report 2025 del Instituto Reuters reveló que el 58 % de los encuestados en los mercados estudiados manifestaba preocupación por su capacidad para distinguir entre información verdadera y falsa en internet.
La cuestión es importante: no siempre nos convence quien demuestra mejor sus afirmaciones, sino quien consigue presentarlas de una manera más persuasiva.
Y esto genera una situación particularmente peligrosa cuando quien escucha necesita ayuda y quien habla necesita visitas.
Uno busca una respuesta.
El otro busca una reacción.
Sus intereses no siempre coinciden.
La nueva autoridad se mide en seguidores
Durante mucho tiempo, la autoridad en determinados ámbitos estaba asociada a la formación, la experiencia y la reputación profesional.
Eso nunca garantizó que todos los expertos tuvieran razón. También existían errores, intereses comerciales y malos profesionales.
Pero había determinados mecanismos para evaluar su capacitación.
En las redes sociales, en cambio, la popularidad puede funcionar como un sustituto aparente de esas credenciales.
Tener 500.000 seguidores no significa haber estudiado medicina.
Acumular un millón de visualizaciones no convierte a nadie en especialista en nutrición.
Y conseguir que un vídeo se comparta miles de veces no demuestra que una reparación esté bien ejecutada.
Sin embargo, el éxito visible de una cuenta puede generar una impresión de legitimidad.
«Si tanta gente lo sigue, será porque sabe de lo que habla».
No necesariamente.
Puede ser que comunique bien, que resulte entretenido, que haya descubierto un formato exitoso o que despierte emociones intensas.
Una investigación publicada en la revista Science en 2024 encontró que la desinformación podía provocar más indignación moral que la información fiable y que esa emoción favorecía su difusión.
Por tanto, la capacidad para despertar reacciones no debería confundirse con la calidad de la información.
La popularidad demuestra que alguien ha conseguido atención. No demuestra que merezca nuestra confianza.
Cuando la recomendación es publicidad disfrazada
Existe otro elemento que tampoco debe ignorarse: el dinero.
Recomendar un producto no tiene nada de malo. Tampoco cobrar por anunciarlo, siempre que se cumpla la normativa y se informe correctamente al consumidor.
El conflicto aparece cuando se presenta un mensaje publicitario como si fuera una recomendación independiente, fruto exclusivamente de la experiencia personal.
El espectador cree estar escuchando una opinión desinteresada, cuando puede encontrarse ante una comunicación comercial.
En España existe un marco regulatorio para la publicidad y, desde 2024, obligaciones audiovisuales específicas para determinados influencers de especial relevancia.
Además, la Asociación Española de Anunciantes, IAB Spain y AUTOCONTROL actualizaron en 2025 su código de conducta para reforzar la identificación de las comunicaciones comerciales.
Las normas son necesarias, pero no resuelven por sí solas el problema de fondo.
Porque la publicidad no siempre consiste en mostrar directamente un producto.
También puede comenzar construyendo una necesidad, despertando una inseguridad o convenciendo al público de que sus hábitos cotidianos son incorrectos.
Y cuando alguien consigue que el espectador dude de todo lo que hace, ya ha recorrido buena parte del camino para venderle una solución.
No todos los creadores son iguales, y precisamente por eso hay que distinguirlos
Sería injusto meter a todos los divulgadores en el mismo saco.
Instagram también alberga excelentes profesionales que comparten conocimientos, enseñan técnicas útiles, explican cuestiones científicas o ayudan a resolver problemas cotidianos.
Hay médicos, investigadores, entrenadores, artesanos, técnicos y especialistas que desarrollan una labor divulgativa valiosa.
Incluso personas sin titulaciones específicas pueden compartir experiencias interesantes y conocimientos prácticos adquiridos durante años.
El problema no es tener una cuenta en Instagram ni ganar dinero creando contenido.
El problema es la falta de responsabilidad de quienes presentan opiniones, intereses o experiencias particulares como verdades universales.
Un buen divulgador distingue los hechos de sus opiniones, explica las limitaciones de sus consejos, reconoce los riesgos y acepta la posibilidad de equivocarse.
Un vendedor de certezas, por el contrario, parece disponer de una respuesta definitiva para todo.
Y cuando alguien tiene soluciones para absolutamente cualquier problema, quizá convenga preguntarse cuánto sabe realmente sobre cada uno de ellos.
Hemos confundido tener algo que decir con tener algo que aportar
Nunca había sido tan fácil acceder al conocimiento.
Disponemos de bibliotecas digitales, publicaciones científicas, profesionales especializados, documentación técnica y herramientas que permiten contrastar información en cuestión de segundos.
Y, paradójicamente, nunca habíamos tenido tantas oportunidades de escuchar auténticas estupideces presentadas con una producción audiovisual impecable.
La tecnología ha democratizado la posibilidad de comunicar, lo cual representa un avance indiscutible.
Pero democratizar la comunicación no convierte automáticamente todas las opiniones en conocimiento.
Todos tenemos derecho a expresarnos.
Eso no significa que todas las afirmaciones merezcan la misma credibilidad.
Y menos todavía cuando afectan a la salud, a la seguridad o al bienestar de otras personas.
Quizá deberíamos recuperar una costumbre que parece haber perdido popularidad en las redes sociales: reconocer que no sabemos algo.
No es una debilidad.
Es una señal de responsabilidad.
Conclusión: el problema no es que haya imbéciles, sino que ahora tienen un negocio
Siempre ha habido personas convencidas de saber mucho más de lo que realmente saben.
Antes podían encontrarse en una conversación familiar, en un bar o en cualquier reunión de amigos.
La diferencia es que hoy algunas disponen de una audiencia multitudinaria, herramientas profesionales de producción y mecanismos para convertir su aparente conocimiento en dinero.
Ya no necesitan convencer a cuatro personas alrededor de una mesa.
Pueden dirigirse a cientos de miles.
Y cuanto más contundente sea el mensaje, más espectacular la presentación y mayor la reacción provocada, más posibilidades tienen de conseguir atención.
No todos actúan con mala intención. Algunos creen sinceramente lo que dicen. Otros simplifican demasiado. Y otros conocen perfectamente el negocio en el que participan.
Pero las consecuencias de un mal consejo no dependen únicamente de las intenciones de quien lo ofrece.
Por eso conviene adoptar una actitud sencilla ante cualquier publicación que pretenda enseñarnos cómo vivir, alimentarnos, educar a nuestros hijos, limpiar nuestra casa o cuidar nuestra salud.
Preguntarnos quién está hablando, qué sabe realmente, de dónde obtiene la información y qué interés puede tener en convencernos.
Porque detrás de una recomendación puede haber conocimiento, experiencia y voluntad de ayudar.
Pero también puede haber ignorancia, oportunismo o una estrategia comercial cuidadosamente calculada.
Y, por encima de todo, conviene recordar una verdad elemental: estar completamente convencido de lo que uno dice no significa tener razón.
Instagram no inventó a los imbéciles que dan consejos sobre cualquier cosa. Simplemente les proporcionó una cámara, una audiencia y, en demasiadas ocasiones, una extraordinaria oportunidad de negocio.
Fuentes de investigación
- Pew Research Center (2026): What Do Health and Wellness Influencers Post About?
- Reuters Institute, Universidad de Oxford: Digital News Report 2025
- Science (2024): Misinformation exploits outrage to spread online
- JMIR Pediatrics and Parenting (2021): Infant Safe Sleep Practices as Portrayed on Instagram
- Investigación sobre contenidos de salud femenina en Instagram (2026)
- CDC: riesgos de mezclar productos de limpieza
- IAB Spain: Código de Conducta de Publicidad a través de Influencers (2025)

