Vivimos un momento extraño de la historia. En apariencia, nunca habíamos tenido tanta información, tantas fuentes, tantos datos al alcance de un clic. Sin embargo, pocas veces habíamos tenido una sensación tan profunda de no saber qué es verdad y qué no. La irrupción de la inteligencia artificial generativa ha acelerado este fenómeno hasta límites que hace apenas una década habrían parecido ciencia ficción: textos, imágenes, voces y vídeos pueden fabricarse en segundos, con una verosimilitud tal que la realidad y la simulación empiezan a confundirse. En ese nuevo paisaje, la verdad deja de ser algo que se busca y se contrasta, para convertirse en algo que se consume. Y cuando eso ocurre, el terreno queda preparado para algo que creíamos superado: el regreso silencioso de formas de poder autoritarias, donde la única versión estable de los hechos es la versión oficial.
Durante siglos, el conocimiento se ha construido sobre la base de la verificación: documentos que se cotejan, fotografías que se analizan, testimonios que se contrastan, periódicos que discrepan entre sí. Había mentiras, manipulación y propaganda, por supuesto, pero existía también la posibilidad de acercarse a los hechos con cierto rigor. La IA rompe ese suelo de manera discreta. Hoy un vídeo de un presidente declarando la guerra puede ser completamente falso y, al mismo tiempo, indistinguible para el ojo humano. Una fotografía de una catástrofe puede no corresponder a ningún suceso real. Una cita de un pensador puede no haber sido escrita jamás por él y aun así esparcirse como si fuera auténtica. De pronto, la pregunta deja de ser “¿esto ocurrió realmente?” para convertirse en “¿esto de quién viene?”. Y en esa transición se esconde un cambio brutal: cuando ya no se confía en los hechos, se acaba confiando en la autoridad.
La sobreabundancia de contenido, lejos de iluminarnos, nos agota. Cada acontecimiento importante viene acompañado de miles de artículos, hilos, vídeos de opinión, comentarios y análisis generados por humanos y por máquinas. Versiones incompatibles se pisan unas a otras, rumores y hechos se mezclan, y distinguir una cosa de la otra exige tiempo, energía y un criterio entrenado que poca gente tiene y menos aún puede ejercer a diario. La mayoría de las personas, bombardeadas de información, terminan en una especie de cansancio cognitivo: sienten que “todo el mundo miente” o que “ya no se puede creer en nada”. Es precisamente en ese vacío de confianza donde reaparece una figura muy antigua: la fuente oficial como único faro. El mensaje implícito es claro: si el ruido es insoportable, si todo puede ser falso, entonces solo queda fiarse de lo que dice el gobierno, el organismo, la institución, el sistema.
La inteligencia artificial no es solo un chatbot simpático al que se le hacen preguntas. Es una infraestructura que se está incrustando en casi todos los ámbitos: sistemas de vigilancia, decisiones judiciales asistidas, evaluación de riesgos financieros, selección de candidatos laborales, filtros de contenidos en redes, protocolos sanitarios, educación personalizada, gestión de recursos públicos. En esa infiltración silenciosa hay tres elementos especialmente inquietantes. El primero es la centralización: entrenar grandes modelos exige cantidades gigantescas de datos, energía y dinero. Muy pocas empresas y muy pocos estados tienen capacidad para controlarlos. El segundo es la capacidad de ajuste ideológico: cualquier modelo puede ser afinado para evitar ciertos temas, suavizar críticas, resaltar interpretaciones convenientes o silenciar perspectivas incómodas, todo ello sin que el usuario lo perciba claramente. El tercero es la legitimación tecnocrática: decisiones arbitrarias o discutibles pueden presentarse como “recomendaciones técnicas del sistema”, como si una máquina, por el hecho de ser compleja, fuera neutra.
La historia, en este contexto, se convierte en un material maleable. Los modelos se alimentan de libros, artículos, enciclopedias, blogs, redes sociales y archivos digitalizados. Pero la historia no es solo un conjunto de datos: es interpretación, disputa, conflicto de memorias. La IA tiende, por diseño, a simplificar. Necesita respuestas claras, concisas, fácilmente digeribles. Guerras, dictaduras, revoluciones y movimientos sociales acaban reducidos a párrafos pulidos donde desaparecen la contradicción, la voz de las minorías, las heridas abiertas. A ese problema se suma otro: si las fuentes predominantes responden a una narrativa dominante —la de un país, un bloque ideológico o una clase social—, esa narrativa se amplifica y se normaliza. Las voces alternativas quedan relegadas a los márgenes. Los hechos incómodos pueden no borrarse, pero sí ser sepultados bajo toneladas de contenido sintético que los relativiza o los diluye.
El arte tampoco sale indemne. Durante siglos, una pintura, una escultura, una pieza musical o un poema eran el resultado de una experiencia humana concreta: horas de práctica, de error, de búsqueda, de desesperación y de alegría. El arte era, de algún modo, una condensación de vida. En la era de la IA, una imagen que imita a un maestro clásico o una pieza musical que sigue la lógica de un compositor célebre pueden generarse en segundos. Esto democratiza la creación, permite que personas sin formación técnica exploren territorios antes inaccesibles. Pero tiene un efecto colateral: el valor simbólico del esfuerzo desaparece bajo la avalancha. Si todo puede hacerse rápido y barato, ¿qué lugar ocupa la obra que ha costado años de trabajo? ¿Quién distingue una canción concebida desde la experiencia de quien ha vivido algo, de una secuencia producida por patrones?
Para las estructuras de poder, una cultura saturada de estímulos es cómoda. Una población fascinada por imágenes infinitas, vídeos, memes, canciones y textos que se multiplican sin parar tiene menos energía para la reflexión profunda, la organización política o la resistencia. El arte pierde parte de su función de memoria y crítica y se convierte en ruido de fondo, en entretenimiento constante. Y sin memoria, sin relatos propios, es más fácil que cuaje el relato oficial, el que se presenta como único, sensato y responsable.
Las creencias, tanto religiosas como filosóficas o morales, también se ven sacudidas. Durante generaciones, las grandes preguntas —quiénes somos, qué es una vida buena, cómo afrontar el sufrimiento— se han abordado en diálogo con tradiciones, comunidades, textos y figuras concretas: maestros espirituales, filósofos, líderes morales, familiares, amigos. La IA introduce un nuevo actor: un sistema disponible las veinticuatro horas, que responde con seguridad y tono razonable a cualquier cuestión que se le plantee. Cada vez más personas preguntan a modelos de IA qué hacer con su pareja, cómo educar a sus hijos, cómo encontrar sentido a su vida o cómo gestionar su dolor. El riesgo no es que la IA “ataque” las creencias, sino que las sustituya silenciosamente como primera instancia de consulta. Se pierde así el conflicto interior, la conversación lenta, la construcción de criterio; se gana una respuesta inmediata, plausible, pero desarraigada.
En paralelo, la democracia se desgasta. La esencia de una sociedad democrática no es solo votar cada cierto tiempo, sino convivir con el ruido del desacuerdo: oposición política, prensa crítica, debates incómodos, tiempos largos de deliberación. En una época de incertidumbre y miedo —miedo a la crisis, a la guerra, a la desinformación, a la inseguridad— crece la tentación de pedir “orden”: menos conflicto, menos voces, más claridad. La IA se convierte en la coartada perfecta para endurecer controles: más vigilancia “por seguridad”, más filtrado de contenidos “contra la desinformación”, más restricciones “por nuestro propio bien”. Se empieza regulando lo que casi todos consideran inaceptable: la incitación directa a la violencia, las campañas coordinadas de odio. Poco a poco se amplía el umbral hasta incluir la crítica molesta, la disidencia que incomoda, la interpretación de la historia que no encaja con el relato oficial. Y todo ello acompañado de una capa tecnológica que hace que el control parezca una simple cuestión de eficiencia y modernización.
En este escenario, la pregunta clave no es si podemos detener la inteligencia artificial. No podemos. Igual que no se detuvo la imprenta, ni la electricidad, ni internet. La cuestión real es en qué condiciones convivimos con ella. Esa convivencia, si no queremos que derive en una sociedad dócil y vigilada, exige varias cosas: diversidad real de fuentes de información, modelos tecnológicos alternativos y auditables, educación que enseñe a dudar y no solo a repetir contenidos, comunidades que cuiden su propia memoria y no deleguen por completo la construcción de su relato en plataformas opacas. Exige también algo más difícil de nombrar pero esencial: la decisión consciente de no delegar ciertas cosas. El criterio, la responsabilidad moral, el cuidado de los otros, la búsqueda de sentido no pueden ser externalizados a un algoritmo sin que algo profundamente humano se pierda por el camino.
La IA no tiene ideología ni intención propia. No “quiere” nada. Pero quienes la diseñan, la financian y la utilizan sí las tienen. La amenaza no es un futuro de máquinas dominando a humanos, sino un presente en el que gobiernos, corporaciones y grupos de poder usen la IA para hacer más eficiente lo que algunos sistemas políticos han perseguido siempre: controlar el relato, modelar la realidad, minimizar el espacio para la disidencia informada. Frente a eso, los gestos que parecen pequeños se vuelven enormes: contrastar una noticia antes de compartirla, hablar con personas de confianza en vez de buscar siempre la respuesta rápida, consumir arte que no solo entretenga, sino que conmueva y haga pensar, escuchar a los mayores, recordar historias familiares, participar en espacios donde las decisiones se tomen entre humanos que se miran a la cara.
En un mundo donde casi todo puede falsificarse o generarse artificialmente, lo único irreductible es la experiencia vivida y compartida. La inteligencia artificial puede escribir reportajes, fabricar discursos, recrear voces e inventar imágenes de tiempos que nunca existieron. Pero no puede reemplazar lo que ocurre cuando dos personas se sientan a hablar de verdad, cuando una comunidad decide cuidar su memoria, cuando alguien se atreve a dudar del relato cómodo y busca, a pesar del ruido, aquello que todavía merece llamarse verdad. Ahí, precisamente ahí, es donde se juega el futuro de nuestra libertad en la era de las máquinas que lo imitan todo menos la vida.

